Quien ha aprendido a orar, ha aprendido a vivir

13.08.2018

“Jesús estaba orando en un lugar y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

Señor enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”.
Lucas 11:1

 

 

Estamos entrando en el periodo de vacaciones, cuando de alguna manera (al menos eso espero) podremos encontrar tiempo para dedicar a nosotros. Durante todo el año decimos que no tenemos tiempo o que tenemos cosas que hacer, cada vez más importante que la oración, relegados a ser la Cenicienta de nuestras ocupaciones y preocupaciones. Siempre tenemos otra cosa que nos interesa más. Así declaramos que no somos hombres de oración y que no sabemos orar. Pienso que, si reconocemos este límite, debemos expresar entonces todo el deseo de aprender a orar, como lo hicieron los discípulos. En un lugar no especificado, mientras el Maestro está orando, observan y tal vez se unen en silencio. Se sienten atraídos, porque un hombre que ora, y realmente ora, posee y transmite algo que no es de este mundo. Leí que "quien sabe orar participa del valor mismo de Dios, tiene un valor que trasciende todas las fronteras. Mientras que los que no saben orar valen muy poco. Así que uno de los discípulos encuentra valentía y le pide: "Señor, enséñanos a orar. Cuando os acercáis al Maestro para preguntarle algo, habéis captado algo extremadamente importante, habéis hecho vuestras sus enseñanzas. Quizás hoy usted y yo deberíamos hacer la misma petición. El discípulo, que permaneció en el anonimato, no pidió conocer un método para orar mejor, para obtener más respuestas, como podríamos pensar. ¿Qué pedimos con "¿Señor, enséñanos a orar”? ¿Estamos reconociendo que tenemos que empezar desde cero, porque hasta ahora nuestras oraciones no eran así?
 

En este sentido, expresamos amargamente un sentimiento de incapacidad e impotencia, pobreza y soledad. Precisamente por eso necesitamos esa oración que es un encuentro con Dios, donde nuestra vida superficial y vacía descubre el gusto por la existencia. No más un intento estéril, sino la certeza de escuchar y dialogar con "Abba", nuestro Padre celestial. La oración cristiana es, pues, entrar en el diálogo de Jesús con el Padre. Orar es desear, escuchar, creer y sentir el Espíritu del Hijo, el Espíritu que intercede por nosotros con suspiros inefables, como escribe Pablo (Romanos 8:26), subsidiando todas nuestras debilidades. Observemos, pues, en este tiempo al Hijo, leyendo y meditando el Evangelio. Y luego aprendemos a orar orando a Jesús para que nos enseñe, porque la oración nunca será un logro, sino sólo un don divino. El tiempo que podamos dedicarle no será en vano, porque como decía Agustín de Hipona "quien ha aprendido a orar, ha aprendido a vivir". Con amor, Pablo exhorta a los Efesios: "Orad en todo tiempo, en el Espíritu, con toda oración y súplica; velando en ello con toda perseverancia y suplica" (Efesios 6:18). Los que han hecho suyas estas indicaciones pueden asegurarse de que,  aprendiendo a orar, nos encontramos capacitados para vivir en la voluntad del Padre, para resistir las tentaciones de quien "anda por ahí como un león rugiente buscando a quien pueda devorar" (1Pd 5,8), para superar todo obstáculo que nos parezca insuperable, para enfrentar y derribar a todo gigante que se encuentre en nuestro camino, a pesar de nuestra limitada capacidad. Y entonces, no hay lugar más alto para estar que los pies del Señor.

 

 

Devotional 32/2018
Plan Semanal de Lectura Bíblica

06 agosto   Salmos 70-71; Romanos 8:22-39
07 agosto   Salmos 72-73; Romanos 9:1-15
08 agosto   Salmos 74-76; Romanos 9:16-33
09 agosto   Salmos 77-78; Romanos 10
10 agosto   Salmos 79-80; Romanos 11:1-18
11 agosto   Salmos 81-83; Romanos 11:19-36
12 agosto   Salmos 84-86; Romanos 12

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