En el atravesar del camino

05.11.2018

Un día el Señor dijo a Abram:

"Deja tu tierra, tus, parientes y la casa de tu padre,

para ir a la tierra que yo te voy a mostrar".
Génisis 12:1

 

 

El viaje de Abraham es la historia del creyente, que es llamado a seguir a su Dios sin cuestionarse. El patriarca no es el hombre perfecto, sino el que aprende durante el viaje, llamado cada día a afrontar la precariedad y la movilidad de su tienda. Y es por eso que su fe es migración, a la par de la tienda móvil del tabernáculo que acompañará a Israel en el desierto. Su peregrinar es un viaje sin retorno, un sendero áspero, sin soporto ni seguridad. La salida es desde Ur, el primer destino de Carran (sureste de Turquía), y de aquí a Canaan con Sara, su esposa, y Lot, su sobrino. El llamado de Abraham surge del intento humano de la Torre de Babel de construir un nombre. Incluso antes de darle el nombre que encarna su deseo más íntimo, Dios le hace cuatro promesas específicas: hacer de él una gran nación, bendecirlo, engrandecer su nombre y hacer de él mismo una bendición para aquellos que lo reconocieron bendecido por Dios. Todo parte de un imperativo, "vete", que debería ser mejor representado con "vuelve a ti mismo, conviértete en lo que eres". El viaje al que es llamado es también un descubrimiento, un descubrimiento de sí mismo. Su única brújula será la Palabra recibida. Abraham debe abrirse a la confianza y al futuro de la aventura: "Donde te mostraré".

 

Es sorprendente cómo el arameo no hacen preguntas y no dudan en absoluto ante esa vocación. Todavía no es el hombre que confía ciegamente en su Dios, y es obligado de ir a Egipto, usará una táctica arriesgada de perder a su esposa. Llamado a luchar para salvar a Lot, sin retroceder. En el capítulo 15 lo encontramos solo, en su tienda, envuelto y cubierto por sus miedos y ansiedades, cuando leemos uno de los pasajes más bellos, en mi opinión, no sólo del Génesis y del Antiguo Testamento, sino de toda la Biblia. Una visión nocturna, en que se resuena la invitación divina "No tengas miedo", porque Dios será su escudo y su recompensa. Pero Abraham está en crisis, responde desconsolado y casi molesto, porque todavía no ha tocado con sus propias manos la realización de la promesa. El viaje de Abraham está a punto de conocer uno de los puntos fundamentales. Después de sus lamentos, Dios no lo deja, sino que después de anunciarle sus planes, lo conduce afuera de la tienda. No puedo evitar imaginarme al Padre Celestial tomando de la mano al anciano Abraham y
sacándolo de la tienda, un lugar de sus pensamientos y miedos. El patriarca debe salir de su tienda para mirar al cielo, la tienda de Dios (Salmo 104:2), llena de estrellas, esas estrellas que sólo Dios puede contar y llamar por su nombre (Salmo 147:4).

 

Hay circunstancias en las que Dios nos invita a dejar nuestro horizonte humano, límite intransitable y obstáculo al viajar por fe. Mirar el cielo es mirar la historia con los ojos de Dios. Las estrellas que iluminan la noche dicen que no hay oscuridad que no pueda ser extendido y alejado. Fuera de la tienda, mirando al cielo y Dios a su lado, Abraham confía y cree. Por primera vez, la Biblia propone el verbo "creer", que significa "ser fundado", "aferrarse" como un niño al pecho de la madre, y a veces también "nutrirse". Abraham llega a ser el primer creyente, el que será el padre de todos los creyentes (Romanos 4:11). Esa noche se convierte en el amanecer de un nuevo viaje, donde Abraham todavía tendrá que aprender, porque a lo largo del viaje verá el cumplimiento de la
fidelidad divina. Dondequiera que te encuentras en el tu peregrinar, no te dejes encerrar en tu tienda de campaña. Sal y mira al cielo.

 

 

Devotional 45/2018
Plan semanal de lectura bíblica

05 noviembre   Jeremías 34-36; Judíos 2
06 noviembre   Jeremías 37-39; Judíos 3
07 noviembre   Jeremías 40-42; Judíos 4
08 noviembre   Jeremías 43-45; Judíos 5
09 noviembre   Jeremías 46-47; judíos 6
10 noviembre   Jeremías 48-49; judíos 7
11 noviembre   Jeremías 50; judíos 8

 

 

El 10 de noviembre de 1483, en Eisleben, Alemania, nació Lutero. Cuando escuchó la Palabra, un fuego prendió fuego a su vida y la convirtió en la chispa que prendió fuego a la Reforma.

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